Presentación de Juan Ramón Santos de "Lastre" 20/01/2017

PRESENTACIÓN
“LASTRE”, DE JOSÉ MANUEL VIVAS
20 DE ENERO DE 2017

Tras la presentación de su libro Trayectos hace alrededor de año y medio en la librería La Puerta de Tannhäuser, su lectura dentro del ciclo poético “Ciudad del Jerte”, organizado por la Asociación Cultural Caleidoscopio, la presentación de su Mercado de abastos en la pasada feria del libro y la participación en la edición del encuentro de poesía “Voces del extremo” celebrado hace poco más de dos meses en el Valle del Jerte, la de José Manuel Vivas se ha convertido en relativamente poco tiempo en una voz conocida y reconocida en nuestra ciudad y sus alrededores. Sin embargo, su trayectoria es larga y se remonta a bastantes años atrás. Nacido en Badajoz en 1959, comienza a escribir desde joven, dando el salto a la publicación en 1998 tras ganar el premio Adolfo Vargas Cienfuegos de poesía con el libro Los bordes del abismo, al que seguirían, a partir de 2006, Olvídate de Ítaca, Algo que nos salve de todo rubor, de 2007, Crónicas del Vértigo, de 2008, Cuerpo en ruinas, de 2013, De puertas adentro, de 2014, Los labios quemados y Trayectos, ambos de 2015, y por último, y antes de Lastre, el libro cuya presentación nos reúne aquí esta noche, Mercado de abastos, de 2016, una trayectoria, como se habrá podido apreciar por las fechas de publicación, de intensidad creciente, que ha venido acompañada de distintos premios y con la participación en numerosos certámenes y encuentros poéticos que no agotan su actividad cultural, pues actualmente es, además, componente de la Tertulia Literaria Página 72, vocal de literatura en el Ateneo de Badajoz y miembro de la directiva de la Asociación de Escritores Extremeños.

            Sobre José Manuel Vivas dice Luis Sáez en el magnífico prólogo que abre Lastre que “ha vivido ese tránsito del escritor poco a poco, como si sus libros (…) revelasen el mundo que lo rodea, como si la obra del poeta fuese una novela por entregas, la novela de un estilo de mirar las cosas”, con lo que cabe preguntar quizá, como punto de partida, cuál es el capítulo que José Manuel Vivas nos ofrece ahora en este Lastre, sobre qué aspecto concreto del mundo fija ahora su particular mirada. Como respuesta cabe decir que la mirada de José Manuel en este libro bien podría ser la del anciano que aparece dibujado en la portada, que la voz de ese anciano bien podría ser la voz que nos habla en sus poemas, pues Lastre trata sobre la vejez, sobre esa etapa en que la vida se vuelve onerosa, en que los días pesan y se hacen largos, en que, paradójicamente, la existencia –este ínfimo pasaje compartido, / entre la frágil luz de las placentas / y la inhóspita sombra de los féretros, como nos dice en el revelador poema “Senectud prematura”– parece haber pasado en un vuelo y no parece existir otra perspectiva ni otro futuro que la muerte, y en ese sentido, el poema “En paciente espera” comienza diciendo, yo espero / la muerte y poco más. / La vida y su fulgor / dormitan ya / en los manuales del olvido, y por esa razón cuando piensa en el futuro, como hace en el poema titulado, precisamente, “El Futuro”, el autor concluye fatídico, no me alcanza el calendario / para futuros imperfectos, / ni tengo la intención de llegar allí / antes que mi mortaja.

            Sin apenas más futuro que el de esa inminente mortaja, la mirada del poeta (o la del anciano que, de algún modo, protagoniza sus versos) se vuelve, qué otro remedio le queda, sobre un presente inhóspito y sin sentido que el personaje recorre a tientas, solo y extraviado –un hombre / que busca su lugar, / un escondrijo, tal vez / un laberinto sin salida, dice en “Pormenores”; un hombre sin rumbo que se angustia / de estar siempre solo, repite casi en “24 horas”–, y sobre un pasado, sobre un tiempo que parece haberse marchado demasiado deprisa provocando –y aquí aprovecho el título ya mencionado del segundo poema del libro– una sensación de senectud prematuraYo también nací obsoleto, / con la marca inexcusable de una vida / a punto de concluirse, comienza diciendo ese poema–, la sensación de que la vida, vista desde el final, se ha pasado en un vuelo, un tema recurrente que se repetirá en otros poemas, como “La vida aquí” –nuestro viaje transcurre / desde la ceguera del limbo / a la oscuridad de la tierra–, y que desemboca, casi podríamos decir que de forma inevitable, en el último poema, “Funeral”, que resume contundente: Vivir era esto. // Un dolor que va creciendo / desde la primera respiración / hasta el último resuello.

En un poemario en que la vida parece haberse vuelto un lastre y cuyo horizonte final no es otro que la muerte el tono tiene que ser, necesariamente, grave, de pesadumbre, una pesadumbre que se manifiesta, desde luego, en el entorno –los cielos son plomizos, los días son de ruina, amanece de continuo gris–, pero que resulta sobre todo evidente, físicamente evidente, podríamos decir que se hace carne, en el propio cuerpo del poeta, que aparece, en sus versos, como pesado y torpe –Pesan estas manos de frágiles huesos. // Empujo estas piernas que no cejan / en su andar pausado / y su peregrinaje exhausto, dice, por ejemplo, en “Balance”– y que presenta numerosos y crecientes signos de ruina, una palabra esta recurrente, además, en un libro que identifica una y otra vez ese desgaste del cuerpo con una casa a punto de caerse, emparentando así la vejez, la decrepitud, con una cierta semántica del derrumbe –El andamiaje de estos huesos / empieza de descerrajarse, / a rendirse ante la carcoma del tiempo, dicen varios versos de “Cuerpo en fuga”–, que lo llena de escombros, de polvo, de ceniza, una comparación que en otras ocasiones sustituye, como siguiendo una misma línea de fatalidad inmobiliaria, con la imagen, tan lamentablemente poderosa hoy en día, de desahucio, de desalojo –este cuerpo en desalojo, dice, precisamente, en “Declaración de amor importuno”–, y que implica, a fin de cuentas, la misma inevitabilidad última de la marcha, del abandono, de la desaparición. 

Pongo el ejemplo de estas dos concretas imágenes, la de la ruina y la del desahucio, porque, como bien señala también Luis Sáez en el prólogo, con Lastre –libro que califica además como un descarnado ejercicio de sinceridad– José Manuel Vivas “ha llegado a ese punto en que la vida permite, por un momento, nombrar cada cosa por su nombre justo”, y eso es resultado no sólo de la edad, de un estado de madurez vital y creativa, sino también, y sobre todo, de una intensa y prolongada lucha con las palabras, para devolverles, en unos casos, su más pleno sentido, para hallar en ellas, en otros, nuevos significados, para construir con ellas, por fin, imágenes potentes, sugerentes, que le permitan decir las cosas sin ambages.

Hemos tenido hablando, como es natural, de las palabras, materia prima del lenguaje poético, pero hay que señalar también que, curiosamente, no constituye, en este libro, el único vehículo de expresión. A poco que hojeen ustedes Lastre, se darán cuenta de que está plagado de ilustraciones –obra, por cierto, de los artistas Verónica e Isidro Bueno–, y a poco que las comparen con los poemas, comprenderán también que su inclusión no es azarosa, ni caprichosa, fruto del simple deseo de adornar, sino que tratan de hacer visible, por medio del dibujo, de la mancha o del collage, la misma desazón, la misma desesperanza, la misma grisura cotidiana que José Manuel Vivas retrata en sus versos, iluminando, de ese modo, el texto. Buen ejemplo de ello sería el poema titulado, precisamente, “Lastre”, emblema, en buena medida, de todo el libro, en el que aparecen reflejados muchos de los temas que, como en una prolongada letanía, aparecen una y otra vez en sus páginas –el peso insoportable de la vida, la condición agreste y dolorosa del presente, la negación fatídica del futuro–, y cuya contrapartida, cuyo reflejo pictórico, es el de una aplastante y verdosa calavera que soporta el peso de una casa precaria, abandonada, casi en ruinas, erguida sobre un paisaje urbano devastado que sirve como metáfora del entorno desolador, también marcadamente urbano, en el que transcurren los días terribles de la voz que protagoniza los poemas, estableciendo entre ambos un diálogo en el que, como señala, de nuevo, el autor del prólogo, “sólo a partir de los versos (las) imágenes alcanzan su sentido completo, y sólo desde las imágenes los poemas llegan a matizar sin dramatismo su valor absoluto”.

Ese diálogo hace de Lastre un libro no diría que total, pero sí plural, caleidoscópico, en el que se dan la mano un escritor y dos artistas, en el que pintura y poesía se miran cara a cara para hablarnos sin paliativos de una realidad incómoda, la de la vejez, en un diálogo que podrán contemplar, y disfrutar, si tienen la ocasión de leer con calma el libro, aunque a lo que les invito ahora es a centrar su atención en los poemas, a aprovechar la extraordinaria oportunidad que vamos a tener esta tarde de escucharlos, de viva voz, de la mano de su autor, el poeta José Manuel Vivas.

Juan Ramón Santos





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