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Mostrando entradas de agosto, 2009

El dador de olvido

La calle aún padecía el paso reciente del ganado. La leve lluvia empezaba a formar pequeños charcos en las zonas con mayor desnivel. La casa surgió tras el portón ennegrecido del pajar. Dos ventanas estrechas y largas que casi besaban el suelo custodiaban la puerta dividida, cuya parte superior se encontraba semi abierta y por la que asomaba timidamente la tela de una cortina oscura y gruesa.

Golpeé dos veces la madera tosca y al instante asomó el rostro de una mujer curtido por el viento y el sol. Un pañuelo negro cubría sus cabellos blancos. Sus ojos, perseguidos por unas incipientes cataratas, me miraron con desvelo, como atisbando una sombra irreconocible.

- Buenas, ¿vive aquí don Mauro?, vengo para olvidar.

La mujer se retiró tras la cortina y al instante abrió la otra mitad de la puerta, apartando la tela de mi camino y ofreciéndome el paso. Con la mano me indicó un asiento de madera tallada en el pasillo, bajo el cuadro de una virgen que fui incapaz de localizar dentro del excelso…