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El dador de olvido

La calle aún padecía el paso reciente del ganado. La leve lluvia empezaba a formar pequeños charcos en las zonas con mayor desnivel. La casa surgió tras el portón ennegrecido del pajar. Dos ventanas estrechas y largas que casi besaban el suelo custodiaban la puerta dividida, cuya parte superior se encontraba semi abierta y por la que asomaba timidamente la tela de una cortina oscura y gruesa.

Golpeé dos veces la madera tosca y al instante asomó el rostro de una mujer curtido por el viento y el sol. Un pañuelo negro cubría sus cabellos blancos. Sus ojos, perseguidos por unas incipientes cataratas, me miraron con desvelo, como atisbando una sombra irreconocible.

- Buenas, ¿vive aquí don Mauro?, vengo para olvidar.

La mujer se retiró tras la cortina y al instante abrió la otra mitad de la puerta, apartando la tela de mi camino y ofreciéndome el paso. Con la mano me indicó un asiento de madera tallada en el pasillo, bajo el cuadro de una virgen que fui incapaz de localizar dentro del excelso…

Crónica primera.

Miraba sus rodillas anchas, sus piernas de humo rodear mi cintura con una presión casi infinita.
Así, arremolinada a mi cuerpo parecía una enredadera que luchaba por conquistar un territorio baldío, inseguro.
Aún sentía la húmeda consolidación del sudor en la piel. Un picor reconocible en los pliegues de mi cuerpo recordaban, generosamente, que la lucha nocturna había resultado satisfactoria, liberalizadora, un pequeño milagro del que el olvido o la desmemoria, o la resaca, se habían encargado de borrar suave pero drácticamente de mi memoria.

Me liberé de sus estiradas piernas con la suavidad que mi torpeza permitia. Atravesé la habitación tropezando con la ropa tirada por el suelo. ella, impasible en su dormitar casi eterno, apenas respiraba con la premura y la delizadeza del zumbido de una abeja, a veces de un pájaro que posa su vuelo en la rama más alta del árbol.