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Mostrando entradas de 2011

Cobijos

Las viejas lunas
no esperan nadaúnicamente
la noche de noviembre
trémula y oscura

Me asomo al borde
de todos los precipicios
y miro en la profundidad
allí dónde renacen estos monstruos
y aquellos presentimientos
Pero no estás tú
ni siquiera tu nombre
Sólo un reflejo de luna
ancestral
impasible

Tratado de meteorología

Amaneció lluvia entre las sábanas
tormenta consumida
con un rastro de fuego en la piel
y un relámpago lejano en la mirada
Al mediodía soplaba ya viento del norte
un frío de horas sin futuro
ateridas manos que buscaban calores nuevos
viejos sortilegios
La tarde abrió de nubes a un sol moribundo
que apostaba esquirlas de luz
sobre los cristales ciegos de los charcos
e insinuaba brumas grises en los labios
La noche se presentó calma y ligera
con besos de nieve en la espalda
y un frágil temblor de huracanes entre las piernas
Luego todo fue un suceso de granizos
sobre la piedra calcinada del deseo
un mar de borrascas perseguidas
por los rincones soleados de la casa.

Hastío

Me pondré al orden de lo cotidiano
en el sencillo entramado de las cosas
un visitante desconocido
que arropa la esperanza de sobrevivir
un día más
y no perderse en la tibia
ensoñación del aburrimiento
Y ya me falta de todo
incluso tu sonrisa
y esas ganas de fiebre
que turbaron las palabras
por dónde los dedos dibujaban
pequeñas tormentas
invisibles huracanes
Saldré consumido a la calle
me mezclaré con las farolas
tropezaré con los escaparates
y ya nunca más el verso
nunca más ese afán de tender
en las cuerdas de la tarde
los retales encontrados
de este naufragio
en que hoy habito tan lejos ya de ti
tan perdido...

La joven y el acordeón

Imagen
La joven tocaba el acordeón
no
el acordeón tocaba a la joven
acariciaba sus dedos
se introducía en su pecho
elevaba su falda
mostraba sus rodillas
encendía sus ojos La muchacha sonreía
giraba la cabeza
miraba calle abajo
el sol la buscaba
testarudo
en su piel adormecidaEl acordeón
flirteaba con las mujeres
invitaba a los hombres
hacía bailar a los niños
tenía una joven atada
en sus teclas
respiraba de notas blancas y negras
bebía del soliloquio invisible
en el hombro denudo
de la muchachaMujer y acordeón
ascendían del empedrado
mordían la luz
ardían en la sombra
traicionaban mi corazón
y lo incrustaban
contra el dolor
a favor de la ternuraCalle arriba Pessoa
atrás una canción portuguesa
sostenía entre su pausada cadencia
la mirada de una joven
que tocaba el acordeón
como si el acordeón le tomara el alma
Era Lisboa
otoño
dos mil diez.