Península en llamas

Arde la tierra y sus fronteras.
El bosque arde sin estridencia, en silencio, como si un camino nuevo le cruzara el follaje y la memoria de siglos al sol.
Arde la tarde, también, bajo el mirar incendiado de los pájaros, de su imposible posar el vuelo sobre el humo que atrapa la luz y la esconde.
Arde la longitud del ocaso, la linea del horizonte ya perdido, el agua caldeada de los estanques, los puentes y los ríos (que reflejan las llamas, su rojiza iridiscencia).

Hay un corazón grabado con dos nombres en el tronco de un árbol que arde sin piedad y sin pausa.
Quebrado el corazón, oscuro de cenizas, desfallece el tronco que se dobla, se hace astillas negras, se derrumba sobre el suelo camuflado de fuego y soledad.
Arde paciente el valle, la loma dónde reposa una casa que se incendia, se nubla de gris el cielo azul de verano y se abren tempranas columnas de humo y de muerte.

Una península en llamas y desesperanza.
El desequilibrio de lo vital y lo perecedero.
Desde el sur al norte, desde el mar al océano, un desierto de hogueras nos delata que nada persiste, y menos aún lo que habita en la intemperie, como la razón o la duda.

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