A veces me cruzo en la calle con alguna mujer y nos miramos. En un instante brevísimo nuestras pupilas coinciden y una especie de tacto eléctrico sacude mi corazón. En ese momento se nutre mi cabeza de una historia vieja de amor y pasión que, con certeza inexcusable, sé que jamás, nunca, sucedió. Otras veces un rostro que creo conocer, me sorprende en el metro, en el vehículo detenido a mi lado, en alguna fotografía que alguien me muestra, o en el reflejo cristalino de los escaparates. Y mi mente analiza y busca en los archivos de la memoria sin solución aparente, pero con el frágil anhelo de haber vivido otra vida en la que ese rostro me reconocía. Alguien camina delante de mí, a escasos metros, y su espalda y su andar me recuerdan a quién amé, y por un instante creo que he gritado su nombre. Pero nadie me contesta, ni aquella figura se vuelve a mirar. Se pierde tras una esquina y desaparece para siempre. Una voz al teléfono me hace temblar, pero no es la vo...