Entradas

Ofrendas

Dame un pedazo de tierra húmeda, oscura, perfumada y plantaré una semilla de vida febril de futuro incierto Ofréceme la lluvia de los otoños bajo los zaguanes de aquella ciudad que conocimos y donaré mis abrazos al aire generoso de la noche Muéstrame el lugar el momento de la entrega la frontera de tus labios frutales, carnosos reconquistados y no dejaré jamás de recibir la tierra la lluvia, los abrazos y este pudor indomable que me asciende cuando te miro y sonríes y es otoño y aún te espero

Rendición primera

No tengo ninguna fe ni un reducto insurgente de la esperanza de ayer ni tan siquiera las migajas derramadas por los abrazos o las gotas del mercurio azul de una sonrisa No me quedan ya las esporas de lo cotidiano ni las tareas secretas del pecado o la avanzadilla silenciosa de las miradas Ya claudicó el tiempo de la espera los pasos firmes la voz rocosa el silencio irrenunciable de las tardes el canto brevísimo del bosque o el crujido marino de los ocasos No tengo ninguna fe no me queda pasión ni retorno y amanece sin más cualquier día en que extraño indiferente la leve lujuria de esta piel herida.

Indicios del desaliento

Imagen
Parte de las cosas que se aproximan no me pertenecen son retales de un descuido porciones de soledad que un día -hace tanto tiempo- quedaron prendidas de una memoria exhausta entre los vórtices del olvido. Todo eso que se acerca -amenazante- no lo busqué en medida alguna parecen sombras que traiga un otoño próximo tormentas lejanas que nos muestran sus relámpagos de horizontes oscuros Pero sin poder evitarlo ya están aquí con su áurea de potestad sobre todas las cosas y todas las miradas con su peculiar manera de sujetarnos de intentar huir sin demora cuando ya nos aprisionan y se apoderan del día y de nuestros ojos para mirar de otra forma para no reconocer otra luz que su luz -sombras taciturnas- otra verdad que la verdad que nos anuncian -la falsa procesión de los suburbios- ...y ya están aquí y me nombran pero no son mías lo juro nunca antes las conocí jamás pude reconocerlas

Te espero

Te espero cosido a la piel me detienen el tiempo y la melancolía enredado en la sombra de la tristeza te busco incesante todos los días en que mi corazón requiere de tu mano cálida del abrazo de tus dedos para sobrevivir un instante más para destronar la piedra que lo aprisiona lo hace irreducible a la pasión cadáver de hielos árticos Te espero enzarzado a la noche prisionero de esta niebla de incertidumbres me apoyo en la esperanza de tu luz me sostengo al amparo de tu presencia requerida y enhebro las agujas del deseo con los hilos blancos de la ternura que guardan tus brazos tu boca de savias ardientes la fe que te tengo para redimirme para alzarme de esta caverna de huesos fríos de codiciosa tristeza. Te espero no tardes no te demores aquí estoy impasible sombrío desarmado

Frío

Busco un lugar frío un perdido espacio de hielos de nieve y nubes grises de bosques deshojados de casas con tejados negros y puertas de maderas anchas el silencio del frío las noches de las hogueras la expulsión de los insectos ese lugar sin sol ni bullicios en dónde me detenga a pensar aunque sólo sea un momento en la enorme sencillez de la soledad y el estrecho abismo de la melancolía.

Imposibles

Hay días que no puedo entrar ni en mi vida... cuanto menos hacerlo en tus brazos

El humo sobre el cristal

Lentamente la calle fue vistiéndose de sombras. Las primeras farolas encendían con lentitud sus bombillas viejas. La mujer avanzaba por la acera húmeda. Arrastraba un abrigo oscuro sobre sus hombros y unos tacones largos, casi eternos, acomodaban su paso breve y sensible. Un perro olvidado salió a husmear entre sus piernas para luego abandonarlas persiguiendo con ansiedad canina un ladrido lejano. Se detuvo ante el escaparate de la peletería. Encendió un cigarro que iluminó livianamente su rostro de mujer cansada, tomó una honda bocanada de humo que exhaló formando pequeños círculos contra el cristal humedecido. Al regresar a su camino miró un instante hacia el lugar en que se encontraba mi coche aparcado. No sé si escudriñaba en su interior intentando localizarme, pero sus ojos oscuros reflejaban la certeza de que alguien la observaba. Toqué la bocina y abrí la ventanilla mientras arrancaba el motor que crujió como un mar enfurecido un par de veces antes de ponerse en marcha. La mujer...